5 de agosto de 2017

Amanece en Rosario.

Los sonidos de la calle van irrumpiendo lenta y tímidamente en la mañana, saliendo por los tajitos que le fueron haciendo al silencio de la noche. Quizá durmieron plácidamente en una cómoda cama, que ahora mientras se desperezan y empiezan a levantarse, produce chirridos con sus patas desajustadas, como una expresión de alivio al liberarse de tanto peso.
Es domingo. Día tranquilo, en el que los apuros se guardan en el placard y disfrutar de no hacer nada es una prioridad. No hay reglas pero tampoco garantías.
Se escucha el sonido de un auto que frena bruscamente. Frenada con bronca, con ira, como disparando un misil contra el semáforo de la esquina. No es precisamente el que da tres luces celestes, como el de “Balada para un loco” de Astor Piazzola, sino una de intenso rojo justo cuando un trasnochado pretende continuar conduciendo con su ritmo de fiesta. El semáforo tricolor se impone con firmeza aún en su soledad.
Y es otoño. Cada tanto se siente el encendido de la pequeña caldera escondida en la cocina, como brazas ardiendo en un imaginario hogar tratando de calentar el pequeño apartamento   que Miranda habita durante dos o tres días cada semana, cuando viaja desde su pequeña ciudad a Rosario. No sé cuáles son sus razones de viaje, lo investigaré un día de éstos, no en domingo. Día no laborable.
 Está muy extasiada mirando a través de la ventana cómo se va iluminando el día. Toma café. Su aroma inunda el ambiente y en pocos segundos recorre miles de kilómetros mezclándose con el aroma del incienso, imprescindible en toda ceremonia Etíope de preparación del café.
Mira los edificios, que al costado de la calle, aún siguen dormidos, siempre de pie. Al frente, no muchos metros adelante, sólo cruzando la avenida, su mirada queda atrapada por unos frondosos  y bien nutridos árboles de hojas muy verdes,  esos que jamás cambian de color, resistentes a los cambios, como son  algunas personas. Muy cerca de ellos, otros árboles se van dejando tomar por el otoño como abriéndose a otras posibilidades, y así, y en tan solo unos minutos, del tenue amarillo de hace un rato,  ahora son dorados. Custodian como fieles guardianes al gran río marrón que corre por detrás de ellos, del que le dejan ver sólo una pequeña parte desde este lugar, pero suficiente para hacer un contacto visual que enriquece la percepción de este amanecer. Empieza a brillar y a moverse onduladamente. Es un río poderoso. Ella lo sabe, todos saben de este río de agua dulce. Es el Río Paraná. De exultante caudal, y extenso recorrido desde   Brasil, hasta la cuenca del Río de la Plata donde ya el Atlántico lo espera desde siempre. Río generoso que nos regala un panorama digno de ser contemplado, con islas, humedales, barrancas y bancos de arena, y abundante pesca. Río de posibilidades, río que proporciona trabajo, que comunica. Río con historia, río que abre futuro, que inspira y alimenta y abraza esta ciudad y por donde pasa. Miranda recuerda aquellos mapas que con tinta china hacía en la escuela primaria calcando el de algún libro de geografía,  para estudiar el recorrido del Gran Río. Una experiencia de viaje sobre papel manteca.
Ha terminado su café. Escucha el ascensor subiendo,  como si una aspiradora gigante se tragara todo a su paso, cada vez más fuerte como queriendo entrar donde no vive ni fue invitado. Odia ese ruido que comete la osadía de interrumpir su mañana. Se detiene en el piso, justo en éste, el cuarto. Se abre su puerta automática y se escuchan pasos y voces. Supone que es su vecino. No distingue las palabras pero suenan arrastradas como si al que habla se le hubiera pegado un caramelo masticable en los dientes, Son dos personas por lo menos las que hablan ahora, mientras intentan poner la llave en la cerradura, ¡¡¡en la de Miranda!!! Se dan cuenta de la equivocación, se ríen a carcajadas mientras ahora intentan abrir  la otra puerta, la del otro apartamento. Después de varios intentos logran abrirla, entran, y la cierran de un golpe.  Sus voces ya no se escuchan, como que la tierra se los hubiera tragado. ¿Será el vecino de Miranda el trasnochado del semáforo?
Miranda mira el reloj de pared. Son las 8…Se abriga y  sale a caminar por el paseo ribereño, por detrás de los árboles, buscando que el río le  inunde los ojos, se los llene de camalotes, y una nutria perdida le haga cosquillas en los pies.
Se muere por sentir el abrazo del Gran río marrón.
M.C.

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