Los sonidos de la calle van irrumpiendo lenta y tímidamente en la
mañana, saliendo por los tajitos que le fueron haciendo al silencio de
la noche. Quizá durmieron plácidamente en una cómoda cama, que ahora
mientras se desperezan y empiezan a levantarse, produce chirridos con
sus patas desajustadas, como una expresión de alivio al liberarse de
tanto peso.
Es domingo. Día tranquilo, en el que los apuros se guardan en el placard
y disfrutar de no hacer nada es una prioridad. No hay reglas pero
tampoco garantías.
Se escucha el sonido de un auto que frena bruscamente. Frenada con
bronca, con ira, como disparando un misil contra el semáforo de la
esquina. No es precisamente el que da tres luces celestes, como el de
“Balada para un loco” de Astor Piazzola, sino una de intenso rojo justo
cuando un trasnochado pretende continuar conduciendo con su ritmo de
fiesta. El semáforo tricolor se impone con firmeza aún en su soledad.
Y es otoño. Cada tanto se siente el encendido de la pequeña caldera
escondida en la cocina, como brazas ardiendo en un imaginario hogar
tratando de calentar el pequeño apartamento que Miranda habita durante
dos o tres días cada semana, cuando viaja desde su pequeña ciudad a
Rosario. No sé cuáles son sus razones de viaje, lo investigaré un día de
éstos, no en domingo. Día no laborable.
Está muy extasiada mirando a través de la ventana cómo se va iluminando
el día. Toma café. Su aroma inunda el ambiente y en pocos segundos
recorre miles de kilómetros mezclándose con el aroma del incienso,
imprescindible en toda ceremonia Etíope de preparación del café.
Mira los edificios, que al costado de la calle, aún siguen dormidos,
siempre de pie. Al frente, no muchos metros adelante, sólo cruzando la
avenida, su mirada queda atrapada por unos frondosos y bien nutridos
árboles de hojas muy verdes, esos que jamás cambian de color,
resistentes a los cambios, como son algunas personas. Muy cerca de
ellos, otros árboles se van dejando tomar por el otoño como abriéndose a
otras posibilidades, y así, y en tan solo unos minutos, del tenue
amarillo de hace un rato, ahora son dorados. Custodian como fieles
guardianes al gran río marrón que corre por detrás de ellos, del que le
dejan ver sólo una pequeña parte desde este lugar, pero suficiente para
hacer un contacto visual que enriquece la percepción de este amanecer.
Empieza a brillar y a moverse onduladamente. Es un río poderoso. Ella lo
sabe, todos saben de este río de agua dulce. Es el Río Paraná. De
exultante caudal, y extenso recorrido desde Brasil, hasta la cuenca
del Río de la Plata donde ya el Atlántico lo espera desde siempre. Río
generoso que nos regala un panorama digno de ser contemplado, con islas,
humedales, barrancas y bancos de arena, y abundante pesca. Río de
posibilidades, río que proporciona trabajo, que comunica. Río con
historia, río que abre futuro, que inspira y alimenta y abraza esta
ciudad y por donde pasa. Miranda recuerda aquellos mapas que con tinta
china hacía en la escuela primaria calcando el de algún libro de
geografía, para estudiar el recorrido del Gran Río. Una experiencia de
viaje sobre papel manteca.
Ha terminado su café. Escucha el ascensor subiendo, como si una
aspiradora gigante se tragara todo a su paso, cada vez más fuerte como
queriendo entrar donde no vive ni fue invitado. Odia ese ruido que
comete la osadía de interrumpir su mañana. Se detiene en el piso, justo
en éste, el cuarto. Se abre su puerta automática y se escuchan pasos y
voces. Supone que es su vecino. No distingue las palabras pero suenan
arrastradas como si al que habla se le hubiera pegado un caramelo
masticable en los dientes, Son dos personas por lo menos las que hablan
ahora, mientras intentan poner la llave en la cerradura, ¡¡¡en la de
Miranda!!! Se dan cuenta de la equivocación, se ríen a carcajadas
mientras ahora intentan abrir la otra puerta, la del otro apartamento.
Después de varios intentos logran abrirla, entran, y la cierran de un
golpe. Sus voces ya no se escuchan, como que la tierra se los hubiera
tragado. ¿Será el vecino de Miranda el trasnochado del semáforo?
Miranda mira el reloj de pared. Son las 8…Se abriga y sale a caminar
por el paseo ribereño, por detrás de los árboles, buscando que el río
le inunde los ojos, se los llene de camalotes, y una nutria perdida le
haga cosquillas en los pies.
Se muere por sentir el abrazo del Gran río marrón.
M.C.
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